¡HOLA!

Bienvenidos a aware(nest), creamos este espacio para compartir nuestras ideas, opiniones, descubrimientos y preocupaciones alrededor de la moda, ya que al hacer parte de ella vivimos dia a dia dentro de una carrera que muchas veces nos resulta irremediablemente asfixiante. Encontramos aquí un punto de encuentro donde además de contar nuestras expreciencias tambien queremos escuchar las inquietudes de todos los que esten interesados en dar un paso adelante y cambiar la forma en la que entendemos la ropa.

Aware(nest) es un llamado para que desde la conciencia que tomemos del mundo de la moda seamos capaces de proteger nuestro nido, nuestro planeta. Creemos profundamente en el poder de crear comunidad y sabemos que entre todos podremos proponer nuevas rutas para que la moda sostenible sea una realidad.

 

 

LA PARADOJA DEL TIEMPO

Actualizado: 22 de may de 2018



Desde muy pequeña he escuchado la frase de que el tiempo vale oro y sólo hasta ahora me planteo la profundidad de estas palabras. En una sociedad donde no hay tiempo para nada, pues este recurso lo capitalizamos de tal manera que el no ser productivos llega a ser visto de manera prejuiciosa, somos holgazanes por dejar de hacer rentables económicamente cada minuto de nuestras vidas; asimismo este recurso se ha puesto sobre la mesa a la hora de hacer moda: convertimos, como el rey Midas, también el tiempo en oro o, más bien, en un ingreso tangible, pero ¿a qué precio?


Para empezar, sabemos que la moda nunca ha sido estática, su reinvención constante es quizás su razón de ser, y contínuamente vemos que toma nuevos rumbos, adoptando un nuevo discurso para atraer un nuevo publico pues de eso depende su vigencia. La moda es sencillamente temporal y de eso se trata su esencia pero al mismo tiempo quiere trascender y permanecer a través del mismo tiempo que la aniquila. De esta manera entonces volvemos a la idea de cómo este intangible tan preciado se convierte en el punto de inflexión que ahora nos atañe, pues es precisamente la cantidad de segundos invertidos en cada prenda lo que nos hace parar a un lado o al otro de la línea.


Por un lado estamos haciendo ver aquel precioso tiempo como el crisol donde se mezclan, cultivan y maduran ideas sublimes respaldadas por tradiciones que siguen sus propios ritmos y que son atemporales: Eso es lo que le da el valor, quizá simbólico, a cada nuevo elemento que surge de tan detallado ejercicio de consciente creación. Estos, por lo tanto, son objetos que se gestaron con dedicación y a los que el tiempo no los hace anacrónicos sino que, al contrario, los hace clásicos y perdurables.


Sin embargo, al otro lado del espectro el tiempo empieza a correr en nuestra contra cuando los estudios y los resultados de las investigaciones nos dicen que es la velocidad la que hace la diferencia, que el precio ya no importa, o eso parece a primera vista: que lo más importante es nuestra capacidad de reaccionar con tiempo ante este convulso mercado deseoso de novedad constante, este mercado donde la obsolescencia es casi inmediata y tiene que ser renovada antes de que el consumidor se dé cuenta y se aburra. No hay entonces tiempo de nada, sólo de producir a ritmos vertiginosos para generar un consumo que se devora de igual manera, sin darnos precisamente el tiempo de asimilar lo actual cuando ya nos plantean nuevas posibilidades, sin tener la oportunidad de crear algún vínculo con el producto pues hemos de consumirlo a la velocidad que nos dicen. El presente será pasado en unos segundos.


Dicho esto se hace evidente que se está hablando de dos tipos de mercado a luces diferentes y al parecer ese empieza a ser el mayor problema. Empezamos a generar un sesgo social y de consumo donde el tiempo vuelve a convertirse en el caballito de batalla, en la moneda de pago.


Por un lado el tiempo es lujo y por tanto tiene un precio al cual no cualquiera puede acceder, el tiempo da calidad y el trabajo invertido en cada pieza se convierte en un oficio admirado y el resultado en una herencia perdurable, un bien que claramente queda reducido a los pocos que pueden pagarlo.


Por otro lado el tiempo es el bien de cambio de miles de personas: es lo único que poseen y el cual es vital para la creación de estos tangibles producidos bajo los principios fordistas de la creación en serie donde no se genera ningún aprendizaje, no hay ningún perfeccionamiento, donde cada operación está cronometrada y lo importante son los volúmenes y la velocidad. No hay un oficio, sólo una labor sistemática realizada automáticamente para cumplir unos márgenes, donde se hace más evidente que nunca que el tiempo una vez más equivale al dinero y que en estos sistemas productivos éste se vuelve en contra del trabajador ya no es un artesano sino un engranaje de la máquina que tiene que seguir un ritmo impuesto, pues es su tiempo y la manera en que lo aproveche al máximo lo que le dará de comer ese día. Claramente, esto hace que bajen los costos, que sea una moda “democrática”, que todos podamos acceder al estilo que anhelamos pero pagando el precio del tiempo de aquellos que tienen que regalarlo para poder sobrevivir.




Todo esto es sólo una reflexión sobre la velocidad actual de la moda y la concepción del tiempo en ella, donde una vez más la industria nos impone sus ritmos en los cuales el precio lo paga el que, por desgracia, únicamente tiene tiempo mientras que el valor lo paga el que tiene dinero. Una industria que nos hace acortar los ciclos, sin comprometer la calidad, pero ¿la calidad de qué?, si ciertamente la de vida de los trabajadores (entre otras muchas cosas) se ve directamente afectada solo por el deseo de ganar la competencia de la superproductividad. Esto nos hace llegar a una conclusión escalofriante: el tiempo sólo es de aquél que pueda pagarlo y no de aquél que lo tiene.

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